lunes, 20 de enero de 2014

Era esto

Me acerco al cajero de forma automática (desde luego, cuando me pongo con los juegos de palabras no tengo fin…) y casi me da un algo al creer que estoy frente a una tragaperras, tal es el despliegue de luz y color de la máquina infernal.

Además, después del simulacro de síncope, no se le ocurre finalizar nuestro breve encuentro más que con un terrible mensaje: el límite diario de mi tarjeta excede mi efectivo disponible… y estamos a veintipocos.

Entro a comprar el sobre de burbujas que ha provocado la extracción de los veinte euros de rigor para hacer el envío absurdo de turno. Mientras me pierdo por los pasillos, oigo al niño chino luchar por aprender una poesía sobre el viento y la luna y no puedo evitar caer en un estado previo a la nostalgia.

Cuando uno tiene esa edad tiene la certeza de que el dinero es algo que sirve para comprar chuches y juguetes y que aparece cuando se necesita en el monedero de las madres o en la cartera de los padres. Nada parecido a los mensajes contradictorios de mi cajero.

Por no hablar de la frustración que aparece cuando los Reyes Magos deciden que ya has alcanzado esa edad en la que tienes que salir de su nómina. O, cuando ya has asumido ese olvido, resulta que tu amigo invisible de este año se ha equivocado y te has quedado con cara de póker y sin nada mientras todos abren sus paquetes. Y, para redondear, te llaman para decirte que tu nombre no aparecía en la remesa del mes y que, si eso, ya cobrarás el mes que viene.

Cuando tienes la edad del niño que repite la poesía no te planteas que un día te sacarán de su lista los Reyes o que tendrás que utilizar gran parte de tu tiempo en conseguir que el dinero encuentre el camino hacia tu cartera. Ni que no puedes comer lo que quieras porque estás a dieta permanente por peso o por colesterol. Ni que no puedes ver lo que quieres en la tele porque eres cualquier cosa menos dueño del mando.

Cuando aprendes poesías sobre el viento y la luna crees que hacerse mayor es otra cosa. Pero no: era esto.

Por cierto, ¿hay viento en la luna?

martes, 3 de diciembre de 2013

Nos pisan

Desde que por la mañana vi anunciado que se iba a publicar el informe PISA pasé el día inquieta. Pensaba que quizás se había producido el milagro. O que quizás se confirmara la tragedia. Como finalmente ha sido.

Parece que hemos mejorado un poco (más o menos, lo que viene siendo un pelín), pero estamos en la segunda parte de la tabla. Esa posición incómoda que a estas alturas de temporada futbolística no nos garantizaría la permanencia en primera. Pero, mientras que el fútbol es un divertimento y un desahogo de masas (no hay que olvidar lo necesario que es el circo, más cuando falta el pan), la educación es la base de una sociedad y aquí no nos damos por enterados.

Cada vez que cambia el color del gobierno vivimos la misma situación: los nuevos mandatarios deciden que hay que hacerse con el poder de los medios de comunicación públicos (a las pruebas de Canal 9 me remito) y, de paso, dejar perdurar su estela y su impronta en generaciones futuras gracias a un cambio en los sistemas educativos.

¿Habrase visto mayor despropósito? Tanto que nos hemos quejado de las asignaturas franquistas sobre las labores del hogar y el espíritu nacional y ahora usamos la libertad para imponer nuestras particulares ciudadanías o nuestras particulares religiones. Que tanto me da como que me da lo mismo.

Me da igual el color. Todos se plantean la educación lejos de la perspectiva pedagógica, de la eficiencia o, siendo solo pragmáticos, de la productividad futura (no tocamos utopías como el humanismo, la riqueza cultural de la sociedad o el tabú de la transmisión de valores). Y así nos va.

Se pasan legislaturas enteras creando leyes orgánicas que sacan adelante con poco tiempo para poner en marcha (la educación es un tren de largo recorrido) y con la oposición echándoles el aliento en la nuca esperando su turno para volver a cambiarlo todo.

Señores, como decían los profesores en los tiempos en que podían dar clase, los experimentos, con gaseosa. Dejemos de experimentar con generaciones que convertimos en generaciones perdidas y seamos consecuentes con lo que tenemos entre manos: el futuro de nuestra sociedad.


¿Acaso no merece la educación un pacto de Estado y dejar de lado ideologías, sectarismos y conveniencias? Sí, así nos va: nos pisan.

jueves, 7 de noviembre de 2013

No puedo vivir sin ti



¿Alguna vez os habéis planteado que esta afirmación tan rotunda y extremista casi siempre es falsa? Excepto situaciones médicas incuestionables (trasplante inter vivos, por ejemplo) o en relaciones con dependencia emocional enfermiza y desaconsejable, esta frase no es más que una declaración de intenciones, una forma de hablar con la que queremos expresar un amor incondicional. Al tiempo que queremos condicionar a nuestro interlocutor. En definitiva, una típica frase de chantaje emocional con la que buscamos ganarnos un mayor compromiso de nuestra pareja al tiempo que expresamos el nuestro propio. Buscando la reciprocidad, vaya.

Pero, en el amor y en la guerra, todo vale. Y mejor la dialéctica de las frases de amor (aunque sean frases hechas) que otras dialécticas u obras más beligerantes.

Sin embargo, no todo en la vida es amor y todos, en algún momento de nuestra vida, escuchamos ese “no puedo vivir sin ti” descontextualizado, fuera del ámbito amoroso, irrumpiendo en nuestras emociones e interviniendo directamente sobre nuestra capacidad de decisión.

Porque, ¿quién no ha escuchado en algún momento de su vida profesional esa frase equivalente de “eres imprescindible en esta empresa”, “eres insustituible en nuestra compañía”? En definitiva, que la empresa no puede vivir sin el trabajo que uno desempeña y que se desmoronaría sin su valiosa aportación.
Ja, ja, ja. Perdonad que me ría. Pero es que si en una situación amorosa ambas partes entienden el código y que la entrega total se debe a un sentimiento vivo, aquí y ahora, en una situación laboral el sujeto entiende otra cosa.

Entiende que puede contar con seguridad en su puesto de trabajo y que se valora su forma de obrar. Buscando nuestro compromiso y entrega, como debe ser. Pero no, tampoco es definitivo. Solo es un aquí y ahora interesado que suele tener, más en estos días, un final traumático para la parte más débil y dependiente de la relación: el empleado.

Ayer me encontré con dos antiguos compañeros, responsables de la parte de su empresa definida como “la joya de la corona”… hasta la semana pasada. Desde esta semana solo son dos números más en un estudiado e impersonal programa de bajas incentivadas y reestructuración funcional. 

Y, donde tanto te quise, hoy solo eres olvido.

jueves, 17 de octubre de 2013

El material de los sueños



Pasan los años y, será por los cientos de películas vistas o porque mi característica dispersión se agudiza con el tiempo, de las grandes películas solo guardo escenas concretas asociadas a grandes frases. Y aquella “del material del que se forjan los sueños” es una de ellas.

Porque si pensamos en el material con el que se materializa un sueño acabamos concluyendo que debe ser algo tan intangible como el aroma de las nubes. ¿O no?

Llevo meses, años, viendo cómo, aun sin saber si hay un material para los sueños sí hay un entorno capaz de desmoronarlos, de no dejarlos crecer, de ahogarlos, de extinguirlos. ¿Acaso no le ha pasado últimamente algo así mirando a su alrededor o enfrentándose al espejo?

Pero algo está cambiando. Será la conjunción de los astros o quizás algo más parecido al esfuerzo, al tesón, a la capacidad de trabajo o, simplemente, a la justicia. Porque quienes reúnen esas aptitudes y actitudes merecen poder tornear sus sueños, tocarlos y vivirlos.

Esta semana dos personas a las que quiero y admiro viven el fruto de su trabajo y dedicación en formas bien distintas, pero que les hacen igualmente felices. En el caso de ella, por fin, después de una travesía dura, sin horizonte, en la que no ha cesado de formarse, de hacer lo posible por ser aún más competente y no perder la esperanza, por fin, decía, ha encontrado el trabajo que merecía: “Es mi sueño llegado en estos momentos. Tarde, pero llegó”.

Y me emociona. Porque he trabajado con ella, porque sé lo que vale, porque sé que las injusticias muchas veces solo respetan a los mediocres y se ceban en los brillantes. 

En cuanto a él, qué decir. Años y años buscando ese hueco imposible en días cargados de trabajo y de obligaciones familiares, saliendo a buscar su sueño a la altura del suelo. Justo donde los demás solo pisamos y no nos molestamos en mirar, él buscaba, clasificaba y archivaba miles de nombres que para la mayoría no tienen significado y que para él, además de su sueño, representan la riqueza de su tierra. 

Hoy, por fin, ese esfuerzo, esas horas robadas, esas largas caminatas se van a convertir en el libro que nos permitirá a los demás poder tocar y compartir su sueño. Y me emociona.

jueves, 4 de julio de 2013

Fin de fiesta



Definitivamente, deben tener razón los amigos que dicen que ando negativa en los últimos tiempos. Hablar del final de la fiesta justo este jueves parece más de cascarrabias pesimista que de optimista patológico, desde luego.

Pero la fiesta acabó el domingo por la noche. Me gusta el fútbol, eso no impide que deteste los veinte minutos que dedica el informativo a los morritos de Ronaldo o a las creencias religiosas de Neymar. Entre esta sobredosis previa y la sacralización de la selección, aunque no puedo decir que me alegre de que España perdiera el domingo, no puedo dejar de pensar que es una excelente oportunidad para poner los pies en el suelo.

Nuestra reputación internacional no puede basarse solo en los éxitos deportivos. Es estupendo que un país tenga deportistas de renombre, pero ese honor no puede sustituir a lo que somos como pueblo o, si quieren, como carácter.

Aragoneses, gallegos, catalanes, andaluces, vascos, valencianos, madrileños… Me da igual, la marca España es algo más que fútbol, flamenco, fiesta, siesta y marketing turístico. Ya se encargan los alemanes de quitarnos la hora de la siesta (en Jaén a las tres me gustaría verlos trabajar en plena canícula), pero que no nos quiten la esencia.

He comprobado que cuando uno sale fuera se encuentra con que germánicos y anglosajones son muy serios en su trabajo… pero a las cinco se les cae el boli y no esperes de ellos que te enseñen su país hasta altas horas de la noche. A las diez, a casa. Distinto es el paño cuando ellos vienen: se trabajan las doce horas propias de las machadas españolas (que los cafés los compensamos sobradamente, oiga) y luego se les lleva a comer de verdad y a conocer el país. Y mañana a las ocho arriba y a trabajar.

Seremos desordenados, caóticos y amantes de la fiesta. Pero también creativos, currantes y eficientes. La fiesta  terminó y ahora hay que dar la talla. La daremos.

jueves, 20 de junio de 2013

Adiós, primavera, adiós



Muchos años llega esta semana y me da pena darme cuenta de que la primavera ha pasado desapercibida y que, una vez más, la he desaprovechado. Entre astenia, alergia y abulia se pierden la explosión vital, el despertar de los sentidos y la orgía de colores. Vitalidad, sentidos y color se camuflan hasta la extinción bajo esa sensación-expresión-comodín: “Voy arrastrándome, será la primavera”. Y cuando el gingseng hace su efecto ya es demasiado tarde: estamos encarando el verano.

Y vienen las lamentaciones y los “¿quién me ha robado el mes de abril?”. Porque  llegar los primeros calores y empezar a añorar el mes de abril es todo uno. Eso sí, no nos acordamos de que ha llovido (hasta nevado) hasta aburrirnos, que cuando paraba de llover empezaba el viento y que en los intermedios el maldito polen nos hacia estornudar hasta la extenuación.

¡Ay! Pero todo eso se olvida cuando viene el primer día de viento sofocante del sur. Añoramos de la primavera lo que nunca fue (al menos este año) e inventamos días que nunca acaecieron. Días de sol acariciante en campos cubiertos de flores en los que los pajarillos despertaban de nuevo a la vida…
No. Esto no pasó realmente más que en nuestros deseos y en nuestro pensamiento estereotipado sobre lo que es la primavera. Pero la primavera peliculera de Central Park o de las montañas de Heidi poco tiene que ver con los fríos y tristes días con los que nos ha obsequiado este trimestre en la mayor parte de su discurrir.

Se acaba la primavera y este año no me apena. Me cuesta tanto recordar una buena noticia, un dato esperanzador o siquiera un rayo de sol oportuno que  casi es un alivio poder dejar a un lado la obligación de ver todo con el prisma bucólico y renovador  con el que se supone que debemos filtrarlo todo en esta estación.

Se va. Y, aunque sea solo por esta vez, me da igual. Adiós, primavera, adiós.

miércoles, 12 de junio de 2013

La otra orilla



Aún era un poco pequeña cuando un escritor novel ganó un premio literario con “La otra orilla de la droga”. A pesar de mi edad, mi madre, compró aquel libro y esa novela, unido a lo que veía a mi alrededor, me dieron una perspectiva de lo que podía suponer cruzar ciertos límites y qué podía encontrar al otro lado. No me pareció nada atractivo y siempre tuve claro que decir “no” no era la posición cobarde.

Con los años he visto a demasiadas personas próximas cruzar al otro lado como para banalizar o decir que se trata de una elección personal y que allá tú si te metes. Cierto es que hay un grado elevado de voluntariedad, pero la presión del entorno, la fragilidad de la personalidad en determinadas etapas o el gusto por ir al límite puede llevarnos a orillas que seguramente se parecen al infierno.

Estos días, sin embargo, he tenido la oportunidad de mirar de frente a quienes han cruzado a otro lugar indeseado sin pretenderlo jamás. He visto a personas que han atravesado momentos de dificultad y cuando su vida se ha puesto a la deriva la mala fortuna ha varado sus existencias en el lado incorrecto: el lado de la pobreza.

Mucho hemos visto y oído estos días sobre el hambre en España. Y han clamado dos voces: las de quienes mandan, insistiendo en airear los números de sus ayudas e intentando no mencionar el problema (no vaya a ser que en ellos resida parte de la culpa), y las de quienes suplican esa ayuda para los que viven, sin quererlo, al otro lado.

He visto a un hombre con los ojos llenos de lágrimas no porque él no puede comer sino porque cada día mira a la cara de familias que no tienen qué comer y él hoy tiene menos para darles. Afortunadamente, no todo está perdido. Muchos hemos oído y muchos han actuado. Hoy sigue habiendo pobres en España. Por desgracia, la situación no tiende a mejorar. Pero hoy hay muchas más personas que han visto que ese otro lado existe y han decidido ayudar en esa dura travesía. Tal vez porque te puede pasar a ti.